Se cumplen 40 años del estreno de El hombre elefante, uno de los estrenos más importantes de 1980, año de Toro salvaje o Brubaker. La película, rodada en fabuloso blanco y negro por Freddie Francis (director de fotografía de Dune, el desastre que perpetraría Lynch cuatro años después, y director de muchas películas de terror de la Hammer) contaba la desgarradora historia de Joseph Merrick en el Londres del siglo XIX. En el film Merrick es un hombre inteligente y brillante pero que sufre una espantosa deformación y es salvado de un show de adefesios para ser tratado como el ser humano que es.   

Para el gran reparto de este clásico Lynch contó con John Hurt como el deformado Merrick. El trabajo de maquillaje y prótesis fue muy duro para él, tardaban siete horas en maquillarlo. Hurt tenía que llegar al plató a las cinco de la mañana, empezaba a rodar al mediodía y acababa a las diez de la noche. Resultó tan agotador que tuvo que trabajar en días alternos. Desesperado, le llegó a decir a su mujer: “Están logrando que odie actuar”. Su trabajo fue, lógicamente, nominado al Oscar, pero lo ganó, con justicia, Robert De Niro por su interpretación en Toro salvaje.

Acompañaron a John Hurt en la película grandes de la interpretación como John Gielgud, Freddie Jones, Anthony Hopkins y la gran Anne Bancroft, que estuvo 41 años felizmente casada (hasta su muerte por culpa de un cáncer) con el productor de la película, Mel Books. 

La más redonda y menos lynchiana de sus obras

Lo lynchiano está relacionado con el surrealismo, lo que se nos escapa, lo que no se ve a simple vista, lo onírico, lo oscuro, lo misterioso… También con un gusto indudable para elegir y montar canciones en sus bandas sonoras. Lynch es un cineasta irregular (personalmente no puedo con películas como Cabeza borradora, Dune, Mulholland Drive o Inland Empire y Terciolelo azul y Corazón salvaje están viejas para lo “modernas” que fueron), pero también un maestro empujando al espectador de lo supuestamente real a lo irreal, lo absurdo, lo tenebroso. Y es indudable que es un gran creador de atmósferas, algo para lo que no todos los directores valen.   

David Lynch

Pero Lynch no es solo un director, también es productor de cine y de música electrónica, compositor, director de fotografía, montador, decorador, pintor, escultor, fotógrafo y actor en películas como Zelly y yo o Lucky o en series como El show de Cleveland y Louie. Y también ha rodado publicidad de grandes marcas, con la que ha ganado muchísimo dinero. Ya en 1991 aprovechó los decorados y algunos actores de su serie Twin Peaks para rodar unos anuncios para una marca de café y un año después firmó por un perfume de Giorgio Armani. En el 93 hizo un spot para Barilla con Gerard Depardieu y en el 94 otro para un perfume de Karl Lagerfield con Daryl Hannah. 

Otras de las marcas por las que Lynch ha firmado suculentos contratos son Calvin Klein, Nissan y Play Station y hasta llegó a lanzar una marca de café con su nombre para venderlo en exclusiva en una cadena de supermercados de alto standing. No está nada mal para un director que dijo hace poco que la publicidad por emplazamiento (el placement) es “una jodida y completa mierda”. 

Somos muchos los que preferimos el Lynch clásico y menos “mordeno”. Es el caso que nos ocupa, El hombre elefante, y el de The Straight Story. Es curioso que las dos mejores y menos onanistas obras de Lynch estén basadas en hechos reales: El hombre elefante y Una historia verdadera, irónico título y su última gran obra. También es enigmático (Lynch siempre lo es) que las dos películas acaben igual: con un firmamento estrellado. 

Una historia verdadera, obra tan pequeña en su dimensión como inmensa en sus logros creativos, está escrita por John Roach (no ha escrito nada más) y Mary Sweeney, amiga de David Lynch. Cuando en Cannes los fans del cineasta de Montana vieron proyectada la luminosa y sencilla historia de aquel viejo sobre una podadora se quedaron de piedra, algunos hasta se indignaron.

Después de que Lynch lo llamase para proponerle protagonizar Una historia verdadera, Richard Farnsworth le dijo a su representante que no firmaría por una película rara y sucia. El agente le obligó a ver El hombre elefante y al acabar el actor quedó completamente conmovido, en un mar de lágrimas. Farnsworth, además, terminó sus días como John Merrick: se quitó la vida sabiendo que un cáncer terminal se lo iba a llevar por delante. Fue de un disparo, en su rancho y a los 80 años. 

El marciano David Lynch le debe su carrera al cómico Mel Brooks  

El guion de El hombre elefante fue adaptado por David Lynch, Christopher De Vore y Eric Bergren (los dos guionistas de Frances) de los libros El Hombre Elefante y otras reminiscencias (1923), de Sir Frederick Treves, y El Hombre Elefante: Un Estudio de la dignidad humana (1971), de Ashley Montagu. Para producir la película Mel Brooks desvinculó su nombre de la promoción para que no se mezclara su humor de pedorreta con la tremenda sutileza de esta historia.

Tras ver la marciana, indescifrable y bastante desagradable Cabeza borradora, el cómico y productor Mel Brooks quedó fascinado con el toque de Lynch tras la cámara. Brooks, encasillado en la comedia, quería producir cine “serio”, algo que repitió con los dramas Frances y La carta final y con el estupendo remake de la película de terror La mosca, a cargo de David Cronenberg.   

El hombre elefante, El hombre elefante: la película que Mel Brooks encargó a David Lynch e inició su carrera en Hollywood

Así, con El hombre elefante Lynch pasó del cine más independiente y vanguardista al cine de estudio (Paramount). Y aunque le fascinaba su trabajo, Brooks no pensó solo en Lynch para rodar la triste historia de Joseph Carey Merrick. También tanteó a Terrence Malick, director que se había dado a conocer en Hollywood con solo dos películas: Malas tierras y Días del cielo. 

Lynch se enamoró del proyecto y además de coescribir el guión y dirigirlo, también supervisó la dirección musical y todo el diseño de sonido. Para la historia quedó su acertada decisión de incluir el extraordinario Adagio para cuerdas de Samuel Barber, tema que seis años después haría famoso Oliver Stone en Platoon.

“Nunca, nunca. Nunca desaparece nada”

El hombre elefante tiene uno de los más grandes finales de la historia del cine. Te destroza, te parte el corazón, es de una belleza y una tristeza demoledoras. Merrick, con una enfermedad pulmonar crónica, por fin está rodeado de los que le quieren. Es querido y respetado, hasta ovacionado en una gala musical que la señora Kendal ha organizado en su honor. De vuelta a su habitación, esa noche Merrick da las gracias a su amigo Treves por todo lo que ha hecho por él (en realidad se despide de su mejor amigo sin que él lo sepa) y acaba su maravillosa maqueta de la catedral de St. Phillips. Luego quita las almohadas que necesita para sobrevivir y se acuesta en su cama sabiendo que va a morir. Y abandona la vida con una imagen de su bella madre, que cita al poeta Tennyson: “Nunca, nunca. Nunca desaparece nada”. 

El hombre elefante, casi toda rodada en estudio, costó 5 millones de dólares y recaudó 26 solo en Norteamérica. La crítica quedó rendida ante ella y logró ocho nominaciones al Oscar, entre ellas al Mejor actor, Director y Película. En la gala, que tuvo lugar el 31 de marzo de 1981 en el Dorothy Chandler Pavilion, no ganó ni un solo premio y era la gran película de ese año, desde luego muy superior a films como Quiero ser libre, Melvin y Howrad, Profesión: El especialista o Fama. 

Injustamente, los premios al Mejor Guión y a la Mejor Película recayeron en el sobrevalorado drama Gente corriente. Robert Redford, su director, también ganó con ella el Oscar al Mejor Director, ganando no solo a Lynch, también a Roman Polanski (nominado por Tess) y a Martin Scorsese (por Toro salvaje). Además, El hombre elefante tuvo una nominación al Grammy por su Banda Sonora y ganó tres premios BAFTA: Mejor Actor, Película y Diseño de Producción. 

Para celebrar este 40 aniversario, la película ha sido restaurada con tecnología 4K y cuenta con una fabulosa edición para coleccionistas, una joya para los que amamos este clásico sobre el desprecio al diferente y su redención gracias la empatía, el respeto y la amistad. Una de las cimas del cine de los ochenta.