Este verano nos enterábamos de que la causa de la muerte de Margot Kidder, la primera Lois Lane en Superman y fallecida el 13 de mayo, fue el suicidio. Su vida en la meca del cine no fue un camino de rosas para la canadiense. Sufrió un accidente automovilístico que le provocó una parálisis durante dos años y también fue víctima de trastorno bipolar. Pero ella es solo una más es una macabra lista de suicidios en Hollywood. Aquí va un almanaque de los más famosos:

1925 – Max Linder. Seguro que no les suena de nada el nombre, pero para eso estamos. En su época era un dios del cine y fue uno de los padres de la comedia. Linder trabajó desde 1905 en más de 200 cortometrajes y Chaplin reconoció su gran influencia en su trabajo. Regresó de la I Guerra Mundial con una herida en el pulmón que no le permitió volver a hacer las maravillas físicas por las que se hizo famoso. Con una depresión de caballo viajó a París junto a su mujer. Juntos se inyectaron una dosis de morfina letal y se cortaron las venas.

cine, La morgue de Hollywood: sonados suicidios

1943 – W. S. Van Dyke. Nunca se supo cómo se suicidó (sí que se despidió de todos los suyos), pero la causa era un cáncer del que no se curó por absurdas creencias religiosas. Fue conocido en el gremio por dirigir la pionera película de catástrofes San Francisco, aunque no aparece en los créditos de semejante fregado. También por Tarzán de los monos, de 1932.

1944 – Lupe Vélez. Precisamente con Tarzán (Johnny Weissmuller) tuvo Vélez un sonado romance. Tras trabajar con grandes como Todd Browning o David W. Griffith, llegó su decadencia y decidió que no se iba a marchitar y organizó la fiestaca del siglo en su mansión. Pero su muerte fue patética, no tuvo nada de glamurosa. Tras el desfase, se fue a su habitación y tragó barbitúricos como si no hubiera un mañana. De hecho no pretendía que hubiese un mañana. Pero las pastillas mezclaron mal con la copiosa cena y tuvo que ir al baño a vomitar. Y es allí donde murió, golpeándose contra el lavabo.

1957 – James Whale. Lupe Vélez hubiese firmado sin pestañear la nota de despedida del fabuloso director de clásicos como El doctor Frankenstein, La novia de Frankenstein o El hombre invisible: “He tenido una vida maravillosa pero el futuro es solo vejez y dolor”. Tenía 67 años y sus facultades mentales alteradas por un ataque cerebral. Como recuerda la película Dioses y monstruos, su piscina era famosa por los tíos buenos que la visitaban. En esa misma piscina se suicidó.

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1963 – Pedro Armendáriz. El mismísimo John Ford, con el que rodó Ford Apache y Tres padrinos, lo admiraba. Sabiendo que un cáncer de huesos lo iba a matar, aceptó participar con Sean Connery en Desde Rusia con amor para lograr una buena cantidad de dinero para su familia. Pero no pudo terminar el rodaje por los intensos dolores. Se mató pegándose un tiro en el corazón.

1972 – George Sanders. Escribió la nota de suicidio más famosa y original de la historia de Hollywood: “Querido mundo: me largo porque estoy aburrido. Os dejo con vuestros problemas en esta dulce cloaca. Buena suerte”. La nota fue encontrada en su hotel por la policía de Casteldefells, que es donde se quitó la vida con dos botellas de Nembutal. Su cuerpo fue hallado dos días más tarde. El actor de Eva al desnudo y Rebeca tenía 65 años y terminó actuando en películas infames como Holocausto radioactivo. Acabó solo y arruinado.

1979 – Jean Seberg. Tras protagonizar Al final de la escapada y Lilith, recaló por el cheque en grandes producciones de Hollywood como Aeropuerto o La leyenda de la Ciudad sin Nombre. Nunca se recuperó de la muerte, a los dos días de nacer, de su hija Nana. Se intentó suicidar ocho veces y al final lo consiguió con una sobredosis de barbitúricos.

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1982 – Romy Schneider. Otra belleza destrozada por la muerte de su hijo y que usó los barbitúricos. La muerte del joven David, de 14 años, fue espantosa y ella fue testigo de todo. Cuando el crío intentaba fugarse de su casa trepando por una verja, resbaló y quedó empalado en sus afiladas puntas. Schneider, completamente ida, no tardó en acompañar a David. Solo un año.

2008 – Heath Ledger. También los barbitúricos. Desolado por el divorcio con Michelle Williams, preparó su papel de Joker (por el que ganó un Oscar póstumo) de forma maníaca y obsesiva. Solo tenía 28 años.

2012 – Tony Scott. Al igual que en el caso de Armendáriz, le diagnosticaron, a los 68 años, un tumor cerebral inoperable. El director de Top Gun y Amor a quemarropa y hermano de Ridley Scott se atiborró a antidepresivos y medicamentos para dormir y se lanzó desde el puente Vincent Thomas, en San Pedro.

2014 – Robin Williams. Cocainómano recuperado, alcohólico por rachas, padre desastroso, divorciado dos veces, inestable… Todos sus allegados sabían que era una bomba de relojería, pero no fue esa mezcla la causa de su ahorcamiento con un cinturón. En mayo de 2014 le diagnosticaron la enfermedad de Parkinson aunque la autopsia reveló que sufría demencia con cuerpos de Lewy, un trastorno cerebral agresivo y que, como en el caso de Scott, no tenía cura. Cuando empezó a olvidar los textos de sus guiones y a andar arrastrando los pies decidió acabar con todo.

No queremos cerrar este negro especial sin recordar los suicidios de Margaux Hemingway (que hizo honor a su abuelo), Capucine (que se arrojó por la ventana), Alan Ladd (sobredosis de alcohol y barbitúricos), las extrañas muertes por sobredosis de Marilyn Monroe, Philip Seymour Hoffman y Brad Renfo o la de Natalie Wood en un yate. Tampoco la de Albert Dekker (el malvado Harrigan en Grupo salvaje). Lo encontraron en el lavabo de su casa con lencería femenina, una jeringuilla en el brazo, una pelota de goma en la boca y una cuerda atada desde la barra de la cortina de su ducha hasta su cuello. Un David Carradine en toda regla.

Prometemos que el próximo especial de MDC será más positivo. Hasta la próxima.