Treinta lumbres para iluminar una realidad gallega

Para una hija de madre y abuela gallega, no es difícil darse cuenta de que lume significa algo más que fuego, representa esa lumbre a la que todos acuden en pequeñas aldeas donde se ha congelado el tiempo, pero no las mentes. Y es también lo que pretendía contar Diana Toucedo, hace justamente un año, cuando presentaba en la Berlinale su película Trinta lumes, que esta semana ha llegado a los cines.

Una historia íntima sobre la despoblación de las pequeñas zonas rurales en el norte de España que se centra en ese paso del tiempo que provocan las mentes que quieren salir de las áreas rurales que se mantienen, irónicamente, con su encanto de siempre.

Trinta lumes, Trinta Lumes. En las aldeas se congela el tiempo, pero no las mentes

En el caso de la que escribe, ese panadero que baja una vez al día con la bocina a todo trapo para que las mujeres  salgan con la bolsa y el cambio justo a la puerta, o esa cantina que se mantiene en el garaje de un vecino y que a pesar del poco espacio sigue teniendo los víveres necesarios.

Seis años para poder levantar la película en la que la directora aporta su experiencia como realizadora y montadora: «fue un tiempo para encontrar la forma de hacer la película, de contarla».

La ambigüedad del relato reside precisamente en esa sierra de El Courel donde treinta (trinta) niños se resisten a marchar, siempre en la frontera entre la realidad y la ficción que ella misma reconoce que le gusta sobrepasar «cuando se trabaja con el lenguaje cinematográfico la frontera puede ser ambigua porque cuando nos ponemos más del lado del documental e intentamos enmarcar una historia, ya estamos utilizando la ficción para construir un relato».

Una película que nace de la propia observación de su directora a las personas y a los paisajes y resulta curioso que dos años seguidos del festival, hayan sido para películas nombradas en sus lenguas de origen, como Estiu 1993.

Sin embargo, ¿está el gallego menos valorado? «somos un grupo de realizadores de edades más jóvenes, que hemos estudiado fuera y que ahora estamos a caballo entre estar dentro de Galicia y fuera al mismo tiempo. Es verdad que antes siempre había la leyenda de que cuando una película llegaba fuera eras catalán».

Sin embargo, reconoce que la delgada línea entre el documental y la ficción es algo que se valora internacionalmente «estamos conectando con una sensibilidad cinematográfica global».

Una película carente de acción que representa precisamente esa pausa, en lo cotidiano de lo rural. De paso también una conexión con sus raíces de otra inmigrante gallega, que desde hace años vive en Barcelona, como tantos otros que han salido fuera y ahora vuelven para contar de dónde vinieron.