Siempre he considerado que grandes mujeres han construido los cimientos de mi mejor educación. Cuando era un niño me encantaba que la mejor amiga de mi madre viniese a casa, y que ambas ajenas a todo hablasen de experiencias con plena naturalidad. En el colegio era mucho más divertido separarse del tópico masculino de correr tras un balón (siempre me tocaba de portero, así que metía en propia) y juntarme con mis amigas para charlar. En general, y de forma inconsciente la figura femenina era idolatrada y admirada a partes iguales. Entre mujeres, gracias a su empatía se creaba un mundo más seguro, donde yo podía restablecer un lugar necesario para la supervivencia de mi ser. Pero en la adolescencia leí un libro que lo cambió todo para la mejora de mi formación. ¿Por qué las abuelas dan dinero extra a escondidas de sus maridos? Nunca imaginé que esa visión naif sobre algo tan superfluo, estaba relatado en Casa de muñecas, una obra de teatro escrita por Henrik Ibsen con fecha de publicación un 21 de diciembre de 1879. Creo que todo está escrito sobre este gran autor de la literatura contemporánea. Así que, yo sólo quiero plasmar mi humilde opinión.

La casa de mu̱ecas РNora

La obra narra la historia de Nora, una mujer del siglo XIX, arraigada a las normas matrimoniales de la época, pero que tras ciertos acontecimientos decide tomar una sentencia sobre su vida que cambiará el rumbo de todo. Nora toma la «decisión», (una palabra prohibida incluso a día de hoy para muchas mujeres), de pedir un préstamo económico para ayudar a su marido, sin su consentimiento y falsificando la firma de su padre para no crear cierta preocupación en éste (ambos con problemas de salud). Pero el prestamista, por ambición, amenaza a nuestra protagonista con contarlo todo, en una época donde los hombres no conocían el amor. Finalmente Nora decide abandonar a su marido en un último acto, en el cual yo me quito el sombrero. Una lectura tan plausible y necesaria, que tendría que estar en todas las estanterías de cualquier escuela.

La casa de muñecas: una historia de la sociedad del siglo XIX

La obra siempre estuvo presente en mí como un ejemplo muy valiente por parte del autor, ya que contar una historia como ésta de una manera tan directa y sin rodeos en el siglo XIX, es un halago convertido en regalo para todos nosotros. Cuando Nora cierra la puerta de su casa, su hogar…significa la «obstrucción» a tantos tabúes…los cuales actualmente siguen presentes en muchas culturas. Pero ese portazo representa tanto…que sólo os puedo recomendar la lectura y «relectura» de este gran libro.

No quiero imaginar cuantas casas de muñecas existen hoy en día. Pero sí quiero pensar en una educación donde tanto hombres, como mujeres, se les quieran sin diferencias y que no se conviertan en jugadores de casas de muñecas repletas de reglas disfrazadas de falsos juegos.

—¡Que no… que no has sido feliz!
—No, estaba alegre y nada más. Eras amable conmigo… pero nuestra casa sólo era un salón de recreo. He sido una muñeca grande en tu casa, como fui muñeca en casa de papá. Y nuestros hijos, a su vez, han sido mis muñecas. A mí me hacía gracia verte jugar conmigo, como a los niños les divertía verme jugar con ellos. Esto es lo que ha sido nuestra unión, Torvaldo.

Hace tres días que he vuelto a leer Casa de muñecas. Desde otra perspectiva y madurez sigo perplejo con toda su maestría, y dejadme que insista en ese último acto, porque a veces en la vida real los últimos actos hacen que el telón rojo caiga directamente sobre la mujer, dejándola inmóvil y callada de por vida.

Volviendo a mi infancia, donde también ha habido figuras masculinas muy importantes y necesarias, no dejo de pensar en esas abuelas que arreglan el mundo en silencio, dando monedas a sus nietos por debajo de la mesa.

Gracias a Ibsen por dejarnos este legado, y a todas las «Noras» por vivir sus historias en un mundo que flirtea constantemente con el desastre.