“Un buen libro no es el que piensa por ti, sino el que te hace pensar”. James McCosh

He leído los libros galardonados con el premio Goncourt durante los últimos años, casi todos ellos de una calidad excepcional. También he leído la bella y esclarecedora prosa de Elizabeth Strout, ganadora del Premio Pulitzer, pero puedo decir que hace años que no me encontraba con un libro tan bueno como este.

Un libro que, desde el principio, sabes que es bueno; un libro de los que decides que no importa que te roben horas de sueño; de los que te bajas al parque cuando bajas a los niños y estás deseando no encontrarte con nadie para poder sumergirte en él.

Un libro que tú decides seguir leyendo porque es bueno, que no te mantiene enganchado con trucos de suspense dejando situaciones clave sin resolver. Un libro que, como dice mi sabia y querida compañera, te abre a nuevos mundos, te enseña nuevos mundos que desconocías.

Un libro que habla sobre la fuerza de la tierra y la belleza de la madera, sobre los lazos de la sangre, un libro que habla del amor, del amor a las personas y también a la obra realizada, pero sobre todo, habla de la autenticidad, de tener el valor de descubrir el que realmente somos, de atreverse a ser auténticos.

Conozco a unas pocas personas auténticas que no necesitan ser divertidas, ni especialmente amables o innovadoras, ni aparentar nada. De hecho suelen decir frases que no son políticamente correctas pero son respetadas y admiradas por todo el mundo porque se atreven a ser como realmente son.

Quizá por eso me haya atraído tanto este libro, porque es un reencuentro, después de tantos años, de nuevo, con la autenticidad.

Los dieciséis árboles del Somme

Lars Mytting