Ese pequeño universo de personas que viven en una gran ciudad de España, de alquiler, en menos de 40 metros cuadrados, sin aire acondicionado, habrán hecho el gesto común en estas fechas y sus ventanas llevarán abiertas de par en par desde hace dos semanas. Por supervivencia, por engaño, realmente. Si embargo, gracias a que las ventanas llevan abiertas dos semanas, me he enterado de que se está jugando el Mundial de Fútbol. Bueno, por eso y porque la gente, de repente, se vuelve patriota.

Los hay de todo tipo, los que se lo toman como una reunión de amigos y en realidad no les importa quién gane o quién pierda y los que lo viven de verdad. Los que gritan y su voz se escucha amplificada a través del patio de luces del edificio. Pero es que los deportes son como Eurovisión, sacan lo peor de cada casa. Y con lo peor no me refiero a los improperios hacia el árbitro o quién critica a esos jugadores que ha alabado durante el resto del año, sino a otros que tienen que ver con las fronteras. Cuando el jugador de la selección marroquí pasa de ser un vecino a ser un «moro», o los franceses a ser «gabachos».

Y escuchando esos insultos, me da por pensar que quizá mis vecinos no tuvieron la suerte de leer a sus doce años el libro ««, de la escritora Mª Carmen de la Bandera. Una mujer que aun llevando Bandera por apellido sabe muy bien lo que significa el peligro de ellas en el deporte. Esta historia nos presenta a Quique, un protagonista de doce años con una enorme afición al fútbol y a su equipo, el Majestic. Una retrospectiva que a través de los ojos de este niño nos lleva a conocer a fondo el peliagudo mundo de los hinchas radicales de fútbol. Las peleas, el alcohol, las ideas anti tolerancia que no son más que la parte perversa de los fanatismos.

Maestra y licenciada en historia, la escritora ha ejercido la docencia durante muchos años y conoce la manera de tratar a los niños y los adolescentes. Con su estilo, ha conseguido reflejar los problemas y vivencias de esta etapa de dudas y por eso ha sido galardonada con varios premios y sus libros son objeto de estudio para la literatura infantil y juvenil.

«Llevaba el pelo rapado, en la oreja izquierda, un pendiente, y un tatuaje en el brazo con el escudo del equipo. Se sabía las alineaciones de los últimos veinte años. Hablaba con tal pasión y profería tales insultos contra el Barcarola que yo sospeché que era de los radicales que siempre se destacaban en las gradas». Uno no puede evitar que le suene el perfil. Sin embargo, en la propia guía en la que muchos profesores trabajan cuando sus alumnos leen el libro, se reflexiona sobre las múltiples maneras erróneas de justificar la violencia física y verbal, como por ejemplo en el fragmento en el que después de agredir a un hombre de raza negra, el protagonista reflexiona: «Esto lo hacen para demostrar su fuerza y hacerse respetar ante cualquier enemigo».

También sobre el poder de la familia a la hora de lidiar con los problemas de un adolescente que no encuentra su sitio: «Todos trastocaron su mundo para dictar sentencia y tratar de ayudarme. A pesar de lo que se me podía venir encima, me sentí satisfecho, sobre todo por papá, que jamás había abandonado su trabajo por nada».

Además, si usted tiene la suerte de vivir en Madrid, observará como fechas como éstas merecen la pena solamente por ver banderas arcoiris y españolas convivir en amor y compañía en los balcones de la capital. Porque al final, tal y como rezan las líneas de «Sentir los colores», «Después de todo lo vivido, comprendo mejor lo que
es sentir los colores, pero de manera diferente». Total, ya lo decía Amaral «que importará quien pierda o gana, si nunca nos jugamos nada».