Fotografía: https://www.facebook.com/balbina.jimenez.9
La letra que no sangre no entra, abuela, no entra.

La poetisa Balbina Jiménez cuida todas y cada una de las palabras que escribe sobre un papel. Por eso, verla en directo es todo un espectáculo. O en acción, mejor dicho, puesto que para su último poemario elige aquellas palabras que implican la acción directa: los verbos.

La valenciana le dedica el libro «[amazon_textlink asin=’8494722492′ text=’Con todos los verbos‘ template=’ProductLink’ store=’masdecultura-21′ marketplace=’ES’ link_id=’1e327c01-ec94-11e8-a2ea-6d716a44f69f’]» de Huerga&Fierro a los nombres que más le importan.

A su madre, a todas esas mujeres importantes en su vida. Vinculada al teatro y a la poesía desde niña, sabe bien como escenificar lo que dicen sus palabras. Balbina también ha sido fundadora de las compañías de teatro KoalaKuentos y Poetizias, la Asociación de Mujeres Creciendo Junt@s y ha publicado ya dos libros «¡Claro que hoy!»(2007) y «Con todos los verbos», un texto con el que pretende dejar de tropezar con la mismas piedras.

Ella rellena el espacio con su voz, pero le dedica sus páginas a las voces de otros: «los que se encontró, los que intuyó, aquellos con quienes compartió, humanos de toda índole». Todos aquellos con los que le nació un verbo y quiso hablar.

En su propia declaración de intenciones, en las primeras líneas de su libro lo reconoce: «no creo que vuelva a ser las mujeres que han venido conmigo durante la construcción de Todos los Verbos. Me reconozco en cada una de ellas, en cambio». Se refiere a Magdalena, Valentina, Lilith, y tantas otras que no llevan nombre, sino adjetivo.

Pero aunque la poesía pueda parecer incomprensible para muchos, los versos estéticamente desordenados tienen mucho que decir sobre cómo somos.

Dispuestas para todos llegó la propiedad

lo que es mío, lo que es suyo, pero ¡ay! la propiedad, 

en la política de la resta

si tú tienes, yo no tengo. 

y Ésto no funciona.

Un camino para entender a la escritora pero también para viajar con ella por el pasado, el presente, el futuro, las estaciones y los momentos. Porque como rezan sus líneas «la identidad es un accidente» y por eso accidentalmente el lector interpreta sus letras a su manera. Como lo hace ella, cuando la audiencia del Espacio de Igualdad María de Maeztu le lanza un verbo al azar, que ella transforma en un reclamo. Su sueño, el de La letrera, el de ella misma, es la letra.

Mi sueño es la Letra, letanía, semántica.

La letra que no sangre no entra, abuela, no entra. 

Para el lector aventurado, una advertencia: que sepa que entre sus páginas, tal y como adelanta la sinopsis de esta historia, encontrará un destornillador para desmontar el mobiliario obsoleto. Para reconstruirlo, hacen falta mucho más que buenas palabras.